En el Antiguo Egipto y la Grecia Clásica ser ladrón era una profesión respetable y solo se deshonraba a los más torpes que cogían con las manos en la masa. Era una labor tan organizada que todo ladrón tenía un jefe al que le entregaba todo lo robado y este se encargaba de ponerse en contacto con el dueño de las pertenencias para devolvérselas por un módico precio.

 

Desde aquellos tiempos las personas más adineradas guardaban sus tesoros familiares en robustos cofres de madera que ocultaban bajo tierra. Quienes no tenían acceso a estos artilugios recurrían a los servicios de los templos donde, por un previo pago, se custodiaban los objetos de valor de la gente común junto a las reliquias de los dioses.

 

Fue en el Imperio Romano donde se crearon las primeras cajas fuertes de hierro. Estaban provistas de un poderoso candado y se ubicaban en la entrada de las casas, a la vista de todos. Un esclavo al que llamaban el arcarius, se encargaba de vigilarlas día y noche.

 

De la Edad Media al Renacimiento se popularizó el uso de los llamados armarios fuertes en el que mercaderes y prestamistas protegían su capital. Así pasó el tiempo y hasta el siglo XIX, más exactamente en el año 1844, el francés Alejandro Fichet inventó la primera cerradura “inviolable”: un sistema tan seguro que era capaz de resistir el fuego, el agua y los más resabiados ladrones.

 

Solo la tecnología desarrollada durante y después de la Segunda Guerra Mundial fue capaz de crear la caja fuerte inexpugnable que conocemos hoy en día. Poco a poco se han ido agregando diversas funcionalidades como las combinaciones numéricas sofisticadas, aperturas retardadas, uso de materiales más resistentes, anclaje a superficies, modernas cerraduras electrónicas y digitalizadas que se pueden controlar vía internet… ¡Y la historia continúa!

 

Ya conoces el pasado, ahora te invitamos a conocer el futuro.

 

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